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La hora de la madurez política: Cusco ante el laberinto electoral y el peso de sus decisiones

El reciente escenario de las elecciones regionales y municipales de 2026 ha vuelto a colocar a la región en el epicentro del debate político nacional. La virtual victoria en primera vuelta de Verónika Mendoza con la alianza Venceremos—quien superó la valla del 30% tras la exclusión de candidatos de última hora y el consecuente recálculo de votos—abre un capítulo de enorme expectativa y polarización. No es para menos: el Cusco ha decidido confiarle el timón de su futuro a un proyecto de izquierda regional con clara proyección fiscalizadora y opositora, pero que ahora debe demostrar que sabe gobernar más allá de la plaza pública y el discurso ideológico.

La gran lección que deja esta tensa coyuntura, marcada por conferencias de prensa apresuradas y los naturales reclamos de los contendientes que exigían una segunda vuelta, es que nuestra región arrastra un profundo cansancio institucional. Los cusqueños no votaron a ciegas; votaron con la memoria fresca de promesas incumplidas, representaciones parlamentarias vergonzosas que terminaron en los pasillos judiciales, e infraestructuras clave como el eterno Hospital Antonio Lorena que, pese a los desembolsos millonarios, sigue cerrando sus puertas en las narices de los pacientes. El voto del sur no es un arrebato irracional, es una factura acumulada contra el centralismo limeño y la ineficacia de sus propios gobernantes salientes.

Sin embargo, el verdadero examen político empieza ahora. Administrar una región con más de un millón de habitantes, golpeada por la sequía, con serios desafíos en seguridad y con un recurso estratégico vital en riesgo de deterioro como Machu Picchu, exige un liderazgo técnico y maduro, no dogmático. La nueva gestión que asumirá el periodo 2027-2030 tiene la obligación de convocar a la inversión privada, tender puentes de diálogo con todos los sectores económicos y dinamizar el empleo sin perder el sentido de justicia social.

Cusco ya no resiste más improvisación ni revanchismo político. Si las nuevas autoridades insisten en utilizar esta plataforma histórica únicamente como un trampolín de trinchera ideológica nacional, la frustración ciudadana será implacable. Es momento de que la madurez política se imponga, de que se respeten los canales democráticos y de que se empiece a gobernar para sanar las grietas de una región que exige, a gritos, dignidad y resultados concretos.

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