La renuncia irrevocable del director de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco (DDC), motivada por la falta de apoyo ministerial y la alarmante denuncia sobre «mafias» que controlan Machu Picchu, pone en evidencia una crisis profunda en la gestión del patrimonio cusqueño. No nos enfrentamos únicamente a un problema administrativo o presupuestal; asistimos a la captura sistemática de nuestro mayor tesoro cultural por parte de intereses privados y mafias locales que priorizan el lucro rápido sobre la conservación y la sostenibilidad del santuario. Mientras los operativos policiales intentan frenar el desorden diario en las rutas de acceso —incautando buses informales sin SOAT e interviniendo a extranjeros que ejercen ilegalmente el guiado—, las estructuras de poder que sostienen la informalidad permanecen intactas en las sombras.
Esta descomposición institucional no solo daña la infraestructura física de nuestros monumentos, sino que golpea de muerte la reputación internacional de Cusco en un momento clave de su reactivación. Los conflictos internos por el transporte a la llaqta, la falta de vigilancia en complejos arqueológicos como Chinchero y el descontrol en los canales oficiales de venta de entradas amenazan con ahuyentar permanentemente a los viajeros. El turismo debe consolidarse como un motor de desarrollo equitativo y orgullo local, no en un botín sin ley donde el Estado brilla por su ausencia y las autoridades regionales operan sin respaldo central.
Es imperativo que el Ministerio de Cultura abandone el centralismo burocrático, atienda con urgencia las demandas locales y promueva un diálogo técnico transparente que desarticule a estas redes de beneficio particular. Recuperar la gobernanza de Machu Picchu y de cada rincón patrimonial de nuestra región es una obligación moral con nuestra historia. Si el gobierno y la sociedad civil cusqueña no actúan con firmeza para imponer el orden frente a la codicia informal, corremos el riesgo real de perder no solo visitantes, sino la soberanía sobre el legado de nuestros antepasados.


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