El Hospital Antonio Lorena del Cusco se ha convertido en el monumento más doloroso de la ineficiencia y la desidia estatal en el sur del Perú. Lo que debió ser un bastión de esperanza y modernidad médica para miles de familias cusqueñas y de regiones vecinas, hoy no es más que una promesa cíclica atrapada en un laberinto de plazos vencidos y adendas interminables. La reciente postergación de su fecha de entrega representa un nuevo golpe a la dignidad de un pueblo que lleva más de doce años esperando ver sus puertas abiertas.
Este nuevo revés técnico e institucional desnuda las profundas fisuras de la gestión pública. Se habla de solicitudes de ampliación de plazo, de controversias financieras entre el contratista y el Programa Nacional de Inversiones en Salud (PRONIS), de deudas acumuladas y de demoras en la importación de celdas eléctricas clave para poner en marcha los sistemas del nosocomio. Sin embargo, detrás de cada justificación burocrática y de cada cruce de acusaciones entre el Gobierno Regional del Cusco y el Ejecutivo central, lo que realmente se esconde es un abandono sistemático.
Mientras las autoridades siguen ensayando discursos políticos y firmando transferencias presupuestarias de última hora, la realidad extramuros es crítica. La postergación de la entrega obliga a que el «Hospital de los Pobres» continúe operando en condiciones de hacinamiento y contingencia que limitan la capacidad de respuesta de los médicos y vulneran los derechos básicos de los pacientes. Atender enfermedades complejas como el cáncer o realizar cirugías de alta especialización sigue siendo una quimera para quienes no tienen los recursos para viajar a la capital. Cada día de retraso en el Lorena no se cuenta en horas de oficina; se cuenta en vidas humanas, en dolor evitable y en el empobrecimiento de las familias que deben costear la salud privada.
La paciencia del Cusco no solo se ha agotado, sino que ha sido traicionada de forma reiterada. No basta con que representantes del Congreso de la República o de la Contraloría realicen visitas de inspección o armen comisiones de fiscalización si estas acciones no logran destrabar los nudos contractuales. El Ejecutivo nacional, a través del Ministerio de Salud y el Ministerio de Economía, debe asumir un liderazgo real y punitivo frente a las empresas ejecutoras. La salud pública no puede seguir sujeta a los vaivenes de consorcios que priorizan el equilibrio de sus estados financieros sobre la vida de la población.
El Lorena debe dejar de ser la eterna maqueta de campaña de los gobernantes de turno. Exigimos un sinceramiento radical de los cronogramas y un compromiso vinculante que ponga fin a esta humillación colectiva. El Cusco ya no tolera más excusas técnicas ni discursos triunfalistas de infraestructura vacía. La conclusión y puesta en funcionamiento de este hospital es una deuda histórica insoslayable; saldarla ya no es una opción política, sino un imperativo moral y de supervivencia regional.


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