Cusco: El botín de oro de una gestión miserable

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Cusco: El botín de oro de una gestión miserable

a basta de discursos hipócritas y de aplausos corporativos. Caminar por la Plaza de Armas del Cusco un fin de semana por la noche no genera orgullo; genera una profunda indignación. Por un lado, las luces templadas iluminan los arcos coloniales y los restaurantes de lujo atienden a turistas extranjeros que pagan fortunas en dólares. Por el otro, a solo unos pasos de ese festín, decenas de niños y madres de comunidades altoandinas duermen hacinados sobre cartones en las veredas, soportando el frío helado de la noche andina con la esperanza de vender un par de pulseras al día siguiente. Mientras unos pocos facturan en grande, los legítimos herederos de esta tierra sobreviven en la más absoluta miseria.Esta estampa no es una casualidad fortuita; es el síntoma más podrido de la alarmante brecha de desigualdad que las autoridades locales y regionales deciden ignorar con un cinismo repugnante. Cusco es una de las regiones que más dinero genera en todo el país gracias al turismo masivo, la minería y el gas de Camisea. Sin embargo, este caudal de riqueza incalculable se disuelve en una alarmante incapacidad de gestión presupuestal y en la descarada corrupción de funcionarios que ven en el aparato público un botín personal y no una herramienta de servicio. El dinero del canon sobra, pero el bienestar social se lo roban descaradamente en el camino.La tan mentada reactivación económica es una farsa que solo existe en los malabares estadísticos del gobierno regional y en los powerpoints de los ministerios en Lima. Mientras el centro histórico se maquilla obsesivamente para el visitante, la periferia de la ciudad y las provincias altoandinas siguen atrapadas en el olvido: sin agua potable regular, con postas médicas desabastecidas de insumos básicos y carreteras que se caen a pedazos al primer indicio de lluvia. Hemos permitido que el sistema convierta a nuestra propia gente en un decorado exótico para las fotos de los viajeros, un insumo comercial barato para inflar los bolsillos de unos cuantos empresarios e intermediarios de turno.No podemos seguir tolerando que el orgullo chauvinista de ser el «ombligo del mundo» sirva como anestesia social ante la desgracia ajena. El verdadero valor del Cusco no está en sus muros de piedra incaica, sino en la dignidad de su gente. Es hora de despertar, de ejercer una fiscalización ciudadana implacable y de arrancar de los cargos públicos a los mediocres que usan nuestra historia milenaria como escudo para esconder su total incompetencia. Cusco no necesita más promesas vacías de campaña ni primeras piedras de obras que jamás se terminan; esta región exige, de una vez por todas, justicia y dignidad para quienes la sostienen con la espalda rota.

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