Una severa crisis política y diplomática se desató en la antesala de la semifinal de la Copa del Mundo entre España y Francia, tras las declaraciones del expresidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, quien afirmó en una columna de opinión que el combinado galo cuenta con un equipo de «altísimo nivel, eso sí, sin franceses».
El artículo, publicado el pasado viernes 10 de julio en el diario El Debate, provocó la indignación inmediata de las autoridades de París, de la Embajada de Francia en Madrid y del propio Ejecutivo español, transformando el cruce deportivo en un tenso escenario geopolítico.
Enérgica respuesta de París
El Gobierno francés reaccionó con dureza frente a lo que calificó como una manifestación de racismo institucionalizado. El ministro del Interior galo, Laurent Nuñez, tachó las palabras del exlíder del Partido Popular (PP) de «absolutamente inaceptables». Por su parte, la ministra encargada de la Lucha contra las Discriminaciones, Aurore Bergé, y la ministra de Ultramar, Naïma Moutchou, condenaron de forma unánime el «racismo burdo» y el «odio metódico», advirtiendo sobre posibles repercusiones legales.
Para desmontar el argumento de Rajoy, la Embajada de Francia en España emitió un tajante comunicado oficial de rectificación: «Todos los jugadores de la selección francesa son franceses: de los 26 convocados, 23 nacieron en Francia y los 3 nacidos en el exterior también son franceses».
Moncloa condena el racismo y el PP alega «sarcasmo»
En el ámbito doméstico, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, desautorizó públicamente a su predecesor con un mensaje contundente en las redes sociales. Sánchez criticó a quienes pretenden medir la identidad o la nacionalidad en función del color de piel o el origen de los apellidos, concluyendo su declaración con un firme: «Que gane el mejor y que pierda el racismo».
Desde la oposición, el actual portavoz nacional del Partido Popular, Borja Sémper, intentó rebajar la gravedad del asunto argumentando que la frase respondía únicamente a un «sarcasmo sin mala intención» motivado por la rivalidad deportiva y el apoyo a la selección española.
La controversia empaña las horas previas al decisivo encuentro en Dallas, reabriendo en Europa el debate sobre la xenofobia, la integración y la representación multicultural en el deporte de élite.


