Los museos, la memoria y la historia

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Maquillar las calaminas: la urgencia de ocultar nuestra ineficiencia ante el Papa

La confirmación de la llegada del papa León XIV al Cusco el próximo 15 de noviembre representa un hito histórico que debería encontrarnos en nuestro mejor momento, pero que hoy solo desnuda nuestras vergüenzas administrativas. Lejos de ser una vitrina de orgullo y modernidad, la cuenta regresiva para recibir al Sumo Pontífice en la Ciudad Imperial avanza en paralelo con la frustración ciudadana por la parálisis de las obras públicas. Es inadmisible que ante los ojos del mundo nuestra mejor estrategia de gestión sea tapar con paneles lo que la burocracia y la inoperancia no pudieron culminar a tiempo.

La reciente declaración del alcalde provincial, Luis Pantoja, ha ratificado lo que era un secreto a voces: el emblemático proyecto del «Paseo de los Incas», valorizado en más de 19 millones de soles e ideado sobre la avenida Pachacútec, no estará terminado para la histórica fecha. El reporte de la Contraloría General de la República fue letal al advertir que, para mediados de agosto, debieron estar instaladas al menos ocho de las trece esculturas monumentales de nuestros gobernantes prehispánicos; al día de hoy, el avance es nulo.

Frente a este flagrante retraso que afectará directamente la ruta papal desde el aeropuerto, la respuesta municipal ha sido casi un insulto a la inteligencia del ciudadano: retirar las feas vallas de calamina y colocar en su lugar gigantografías o murales decorativos alusivos al Santo Padre. Esta desesperada política del «maquillaje urbano» pretende esconder el polvo, el desorden y la ineficiencia bajo una alfombra de falsa devoción. No se puede tapar el sol con un dedo, ni el cemento inconcluso con un panel colorido.

Aunque se saludan los esfuerzos por agilizar el tránsito en arterias críticas como la avenida 28 de Julio, el verdadero problema de fondo persiste. Una visita de esta magnitud, que proyecta congregar a miles de fieles procedentes de todo el sur del país, exige una infraestructura impecable y una capacidad logística real, no parches de última hora. Cusco es la carta de presentación del Perú, y recibir al líder de la Iglesia Católica rodeado de andamios escondidos y proyectos truncados es una oportunidad desperdiciada.

La lección que nos deja esta crisis de plazos es clara: la gestión pública de nuestra ciudad no puede seguir viviendo de la improvisación ni de cronogramas ficticios. El arribo de un visitante tan ilustre debió ser el motor definitivo para entregarle a los cusqueños vías modernas y concluidas. En lugar de ello, las autoridades nos ofrecen un decorado de utilería que desaparecerá en cuanto el Papa aborde su vuelo de regreso. El Cusco no necesita más discursos de justificación; exige, con carácter de urgencia, obras que se terminen con la misma fe que el pueblo profesa.

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