La reciente alerta provocada por la seguidilla de sismos en nuestra región no solo ha despertado la lógica preocupación por la seguridad estructural de nuestras viviendas, sino que vuelve a poner sobre el tapete un problema crónico que avanza en silencio y a vista de todos: el crecimiento urbano descontrolado y la alarmante presión sobre el Valle Sagrado de los Incas. El prestigioso diario francés Le Monde ha desnudado en un reportaje internacional la crisis que sufren localidades emblemáticas como Ollantaytambo y Urubamba, donde el cemento y el ladrillo ganan terreno de manera informal sobre andenes coloniales, tierras agrícolas y zonas de alto valor arqueológico.
El diagnóstico es doloroso pero real. La especulación inmobiliaria, amparada a veces por la lenta fiscalización de los gobiernos locales y del Ministerio de Cultura, está desfigurando el paisaje cultural y natural que nos define ante el mundo. Dirigentes del Frente de Defensa de Ollantaytambo han denunciado con impotencia cómo algunos malos ciudadanos aprovechan las sombras de la noche para dañar intencionalmente muros incas con el fin de evadir las restricciones de edificación. Este afán de lucro inmediato atenta directamente contra el patrimonio material que sostiene no solo nuestro orgullo histórico, sino también la economía de miles de familias vinculadas al turismo regulado.
No podemos oponernos al progreso ni a la necesidad de vivienda de una población cusqueña en constante crecimiento demográfico. Sin embargo, la modernidad no tiene por qué ser sinónimo de destrucción. Construir sin licencias en zonas protegidas, alterar el cauce de la cuenca del Vilcanota o levantar edificios de concreto en barrios históricos no es desarrollo; es depredación. Sumado a ello, la fragilidad ante eventos sísmicos nos recuerda que edificar de espaldas a la planificación técnica e institucional es poner en riesgo vidas humanas.
La coyuntura electoral actual en la que nos encontramos y las próximas visitas masivas proyectadas para el cierre de año obligan a nuestras autoridades a reaccionar de inmediato. Es imperativo que el Gobierno Regional del Cusco y los municipios provinciales asuman un control territorial estricto e implementen planes de desarrollo urbano eficaces que delimiten las fronteras agrícolas e históricas. El Cusco no puede convertirse en una selva de concreto desordenada. Salvar el Valle Sagrado y el centro histórico de la especulación es una tarea urgente. Si permitimos que destruyan el legado de nuestros antepasados, nos quedaremos sin pasado que admirar ni futuro que ofrecer a las siguientes generaciones. La inacción de hoy será la ruina de nuestra identidad mañana.






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