El Cusco ha ingresado formalmente a su temporada favorita de circo y reciclaje político. Con las elecciones regionales de 2026 a la vuelta de la esquina, el panorama local vuelve a poblarse de carteles estridentes, promesas falsas y candidatos que de la noche a la mañana descubren las profundas carencias del pueblo. Lo que presenciamos no es un debate democrático de propuestas; es una subasta de ilusiones financiada por intereses oscuros que pretenden hipotecar el futuro de la región por otros cuatro años de saqueo institucional.
Mientras los postulantes gastan fortunas en pintas coloniales y caravanas ruidosas, la gestión real se desmorona en manos de los que ya ganaron y hoy nos gobiernan. El alcalde provincial, Luis Pantoja Calvo, corre de un lado a otro tomándose fotos en la avenida de La Cultura o supervisando parches del sistema de drenaje pluvial. Intenta, de forma desesperada, maquillar una gestión mediocre antes de que el calendario electoral lo condene al olvido. Pretende hacernos olvidar que la provincia fue declarada en emergencia por estrés hídrico bajo su mando y que la histórica obra de Vilcanota II sigue incompleta por pura incapacidad de articulación.
Por su parte, el gobernador Werner Salcedo Álvarez prefiere usar sus últimos meses en la sede de Wanchaq para inaugurar puestos de salud en Pulpera Condes o figurar como el flamante representante de los gobernadores del sur. Esconden la cabeza frente al verdadero balance de su gestión: una alarmante inestabilidad interna reflejada en el constante desfile de gerentes regionales, proyectos paralizados en las provincias altas y un presupuesto que año tras año se gasta de forma deficiente. Ambos líderes resultaron expertos en el discurso de la descentralización, pero lamentablemente incapaces en la ejecución técnica elemental.
La pasividad con la que los cusqueños toleramos este ciclo de engaños es alarmante. Nos conformamos con «la obra que por fin avanza» a paso de tortuga mientras permitimos que los mismos rostros de siempre —que ya fracasaron en ministerios, alcaldías distritales o curules del Congreso— pretendan darnos lecciones de moral y desarrollo. El financiamiento de estas campañas no es gratis; cada sol invertido hoy en publicidad electoral por los candidatos es un sol que mañana se pagará con adendas corruptas, licitaciones direccionadas y perfiles técnicos deficientes que amarrarán las manos de la administración pública.
El Cusco no necesita más salvadores con retórica andina y bolsillos llenos de dinero de dudosa procedencia. Si la ciudadanía no castiga la demagogia en las urnas este octubre, seguiremos condenados a ser una región rica que mendiga agua potable las 24 horas del día. Es momento de confrontar a los candidatos, exigirles propuestas técnicas viables y recordarles que el voto del Cusco no se compra con dádivas ni con discursos pintorescos. La dignidad de nuestra historia exige autoridades con capacidad real, no comerciantes de la política que ven a nuestra tierra como un botín personal.
Editorial






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