martes, julio 28, 2026

A POR TODO

Escribe: Juan Pablo Luza Pillco

Las razones deportivas por la cuales la selección española de fútbol ganó el último partido del Campeonato Mundial y en consecuencia se adjudicó la Copa del Mundo, ya fue expuesto y analizado en cientos de foros (de todo el planeta, digo), en diversos idiomas y desde diferentes puntos de vista, con la mayoría de las cuales estoy de acuerdo, por supuesto, así como estoy en completo desacuerdo con los hechos antideportivos que llevaron a la Argentina a perder ese decisivo encuentro y, en todo caso, ya no es tiempo de ahondar en todos esas percepciones. Lo que si es digno de celebrar es la magia del fútbol que nunca nos falla, son esos 40 días de encuentros de primer nivel que nos regalaron todas las selecciones participantes, cada cual con sus respectivas estrellas (algunas más rutilantes que otras), pero todos, cual reyes magos, encargándose de obsequiar a sus seguidores (“a su gente” diría la cantante Shakira) momentos de ilusión y felicidad inolvidables, pese a que poco a poco el fútbol se está convirtiendo en una mercancía más del mercado, pero ya sabemos que estos son los signos de los tiempos modernos donde hasta la felicidad se compra y se vende.

En lo que a mí respecta quedo agradecido con la selección de España que me ha permitido, en este mes de competición, despertar el interés de mis estudiantes de tercero de secundaria por conocer los valores y el legado de la cultura española. Lo que ocurre es que este año les enseño Literatura española y a inicios del curso les argumenté mis ideas sobre la importancia de este tema. Entre otras cosas, les dije que nosotros somos parte de aquella cultura, pues tenemos por igual en nuestras venas sangre española y andina y también compartimos con ellos el idioma, la religión, algunas costumbres, etc. y para insuflar un poco más mi discurso les manifesté que deberíamos estar orgullosos de esta afinidad, de este parentesco ya que la Literatura española fue en su momento la mejor del mundo en contenido y forma, lo cual es cierto, y por si eso fuera poco ya en plan de incendiario les transmití dos consignas que deberían de haber servido para encender sus corazones, les dije que los ingleses y su famoso Shakespeare no se pueden comparar jamás con Cervantes y  don Quijote, lo cual también es cierto, y que los franceses con toda su “cultura” a cuestas no han podido producir los escritores que España produjo y que por eso siempre fueron envidiosos de la Madre Patria.

Como es natural, bastaron esos sencillos argumentos para que la mayoría de los chicos, de las dos secciones, tomaran partido por los bandos contrarios y en menos de una semana averiguaron, por su cuenta, solo para tener razones con qué refutarme, quiénes eran esos ingleses de los cuales yo criticaba, quién era ese Shakespeare que yo detestaba, qué escritores tiene Francia y lo peor de todo quién era Cervantes…de tal manera que en las siguientes semanas yo tenía un coro de opositores que hablaban de lo bueno que era Romeo y Julieta o Hamlet o de lo bien que escribía Flaubert en Madame Bovary y hasta alguno llegó averiguar algo de Rabelais, yo, por supuesto, les seguía la corriente y otra veces les llevaba la contraria, satisfecho, porque al final de las cuentas había conseguido mi objetivo: Que chicos de secundaria hablen de literatura con pasión, que se familiaricen con escritores, cuyos nombres antes, quizás ni escucharon y que sigan mis clases sobre los españoles con atención.

Pero las cosas no quedaron allí, pues llegó el Mundial de Fútbol (en un colegio de varones eso no es poca cosa) y con él se reavivaron las viejas rivalidades. Los estudiantes más osados de tercero me decían: Ya verá, profe, cómo a España lo eliminan en primera ronda y otros apostaban, con mucha razón, que Francia ganaba el campeonato y alguno por ahí hacía vivas por Inglaterra, yo les recordaba el carácter y la disciplina de los españoles que los llevó a dominar dos continentes completos y en plan de broma irreverente les vaticiné que España ganaba la Copa del Mundo, pese a que yo no tenía la más mínima esperanza.

A medida que avanzaba el campeonato los chicos más fanáticos sufrían porque España no se iba eliminada, pero la gota que derramó el vaso fue la derrota de Francia a manos de los españoles, allí recién los chicos empezaron a mirarme con ojos de sorpresa, como creyendo, tal vez, que yo era una especie de adivino o, de repente, pensaban que todo lo que decía de los españoles era cierto. Al final pasó lo que todos sabemos y el lunes siguiente, después del último partido, todos los chicos, en el salón, sacaron sus materiales de trabajo y al unísono me preguntaron ahora qué más vamos a aprender de los españoles… yo les respondí: Ahora vamos a por todo…

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