Estudiantes denuncian presiones institucionales para evitar la crítica política, mientras persisten carencias estructurales graves en la universidad.
Cada año, la Universidad Nacional de Bellas Artes Diego Quispe Tito organiza su emblemático pasacalle por las calles de Cusco, un evento que combina arte, identidad y expresión colectiva. Históricamente, ha sido también un espacio donde los estudiantes canalizan críticas sociales y políticas a través de carrozas, performances y simbolismos visuales. Sin embargo, este año el tono del pasacalle viró hacia lo folklórico y tradicional, dejando de lado la escenificación de conflictos políticos o institucionales.
La decisión no fue completamente espontánea. «Nos dijeron que no hagamos nada polémico, también que no demos entrevistas a periodistas», cuenta una estudiante de tercer año. Aunque el evento fue colorido y emotivo, muchos sintieron que algo se suprimió: el derecho a la crítica desde el arte.
Según una encuesta aplicada a 100 estudiantes que participaron del pasacalle, el 72% declaró haber percibido presiones o censura sobre los contenidos, ya sea directa o indirectamente. Al menos 22 estudiantes afirmaron haber sido presionados directamente para evitar contenidos políticos en sus propuestas. Además, cerca de 70% indicó que docentes advirtieron sobre la participación con contenido crítico.
«Me recomendaron hacerlo con cuidado porque luego puede haber repercusiones legales», afirma otro estudiante. Este tipo de vigilancia interna no solo limita la libertad creativa, sino que transforma un espacio de expresión en uno de autocensura.
Más allá de la polémica sobre el contenido, lo que más preocupa a la comunidad estudiantil son las condiciones materiales de la universidad. El 60% de los encuestados afirmó que su universidad sufre carencias estructurales graves, entre ellas falta de servicios de salud básicos (como horarios completos de enfermería), botica, baños en condiciones, ventanas, techos deteriorados y equipos artísticos en mal estado.
“El arte en Bellas Artes se hace a pulso, con materiales propios y con frío en las aulas”, comentó un egresado que prefirió no dar su nombre. Es así como el pasacalle se convierte en una forma de interpelación colectiva: a los políticos de turno y a las propias autoridades universitarias.
Aunque estas carencias no fueron representadas en el pasacalle de este año, lo que deja un vacío en la visibilización de las necesidades urgentes de la comunidad. La decisión de evitar estos temas responde, según muchos estudiantes, al temor de represalias académicas o administrativas.
Ante la pregunta sobre si el arte debe ser una herramienta de protesta política, el 60% de los encuestados respondió que sí, siempre, mientras que otro 30% dijo que depende del contexto. Solo un 10% no opinó. Esta división revela un debate abierto dentro de la universidad: entre quienes quieren mantener la función crítica del arte, y quienes optan por una expresión más «neutral» o apolítica, muchas veces por supervivencia institucional.
El pasacalle de este año fue mudo en algunos aspectos. Lo que no se dijo en las carrozas resuena ahora en los pasillos, en conversaciones privadas y en encuestas anónimas. El arte popular tiene poder, y ese poder está bajo vigilancia.
En una universidad que forma artistas, la autocensura es una forma silenciosa de empobrecimiento. Mientras los estudiantes se enfrentan a condiciones precarias, también luchan por mantener viva la función social y política del arte. Y en Cusco, cuna de la memoria viva, el silencio también habla.
Artículo: Jhafet Alonzo Magan Flores
Contacto: jmagan666@gmail.com
Fotografía: @Andibum






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