El 70 aniversario de Wanchaq pintó un panorama poco alentador en cuanto a la organización de eventos institucionales
La Plaza Tupac Amaru, en lugar de ser un lugar de celebración ordenada y respetuosa, se transformó en una especie de cantina y urinario público, con un desenfreno que dejó mucho que desear. Lo más preocupante es que el alcalde calificó todo este caos como «un éxito». La pregunta que surge con fuerza es: ¿puede alguien que no logra gestionar su distrito postularse para dirigir Cusco?
Lo ocurrido durante los festejos deja en evidencia una falta alarmante de planificación. Sin ninguna restricción en la venta de alcohol, la Municipalidad otorgó permisos sin medidas de control, lo que desembocó en un consumo excesivo y escenas bochornosas protagonizadas por asistentes en estado de embriaguez. Frente al esfuerzo de quienes organizaron la serenata para decorar y dar vida a esta fecha especial, los episodios de descontrol empañaron la intención inicial.
Si no se cuenta con las habilidades para organizar eventos de esta magnitud, es mejor reconsiderar su realización. Las consecuencias del desorden y el rechazo por parte de la población son inevitables si no se asegura una estructura sólida para evitar este tipo de desenlaces.
Ahora, frente a actividades pendientes como la esperada noche de luz y sonido en la Plaza de Armas o el saludo cívico a Cusco bajo el manto nocturno, resulta crítico aprender de estos errores organizativos y proteger el legado cultural y festivo que tanto define a nuestras celebraciones. ¿Será posible que Wanchaq eleve sus estándares para próximos eventos? Solo el tiempo dirá si los líderes locales están dispuestos a escuchar y actuar conforme a las expectativas de su comunidad.







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