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Ministerio de Cultura: ¿se burlaron de los niños previo a la Navidad?

Ministerio de Cultura: ¿se burlaron de los niños previo a la Navidad?

Una promesa navideña convertida en memorando, un director interino sin brújula y casi seis mil niños cusqueños pagando el precio de la improvisación burocrática

Suele mezclarse con villancicos, nacimientos y promesas de reconciliación, este año la Navidad llegó con un sabor amargo. No fue la lluvia, ni la crisis económica, ni la inflación. Fue un funcionario. Uno solo. Diego Pajares Adonayre, director interino de la Dirección

Desconcentrada de Cultura (DDC) Cusco, decidió —con la frialdad de un memorando— apagar la ilusión de miles de niños. Y lo hizo sin rubor alguno. La historia es simple y, por eso mismo, brutal. El 1 de diciembre de 2025, la DDC Cusco difundió un comunicado oficial anunciando el “Agasajo navideño para los hijos de los trabajadores”. El texto hablaba del “verdadero espíritu de la Navidad: unión, paz y solidaridad”.

Se habilitó un formulario. Se pidió registrar a niños de entre 0 y 12 años. Se sembró la expectativa. La oficina de Bienestar Social cumplía su parte. Los padres también. Los niños, como siempre, creyeron. Pero diecinueve días después, cuando la Navidad ya estaba a la vuelta de la esquina, llegó el baldazo de agua fría. Mediante el memorando múltiple N.° 00082-25-20 U.R.H.-M.C., la misma institución anunció la suspensión del evento. ¿La razón? Las “disposiciones del Decreto de Urgencia 0082-2025”, un decreto de austeridad promulgado el 6 de noviembre.

Es decir, casi un mes antes del anuncio del agasajo. Entonces surge la pregunta inevitable, la que nadie en la DDC Cusco ha querido responder con honestidad: ¿Diego Pajares no sabía que el decreto existía o sabía y aun así decidió anunciar el evento? En ambos casos, el resultado es igual de grave.

O estamos frente a un director que desconoce las normas básicas que rigen su institución, o frente a uno que miente deliberadamente, administra expectativas y luego se lava las manos. Ninguna de las dos opciones lo deja bien parado.

La magnitud del engaño no es menor. La DDC Cusco cuenta con cerca de tres mil trabajadores. Si se considera un promedio conservador de dos hijos por familia, hablamos de casi seis mil niños. Seis mil ilusiones administradas con ligereza. Seis mil pequeños a los que ahora se les pide “comprensión”. Como si la comprensión fuera un trámite administrativo.

Desde dentro de la institución, las voces son claras. “Se burló de los niños”, dicen trabajadores que prefieren el anonimato por temor a represalias. “Esto no fue un error, fue una irresponsabilidad”. Y tienen razón. Un director no improvisa la Navidad. No juega con la expectativa de los hijos de sus propios trabajadores. No anuncia lo que sabe que no puede cumplir. Eso no es gestión: es crueldad burocrática.

El episodio revela algo más profundo. Diego Pajares no es cusqueño. Llegó al cargo desde Lima, proveniente del proyecto Qhapaq Ñan Nacional. Y aquí aparece una contradicción que raya en el absurdo. Según versiones internas, su designación habría contado con el respaldo del sindicato SITRACAS, el mismo que durante años ha exigido —con razón— que las autoridades de Cultura en Cusco sean de la región y conozcan su realidad.

Hoy, ese mismo sindicato guarda un silencio sepulcral. ¿Por qué? ¿Qué explica que el SITRACAS, tan combativo en otros tiempos, no diga una sola palabra frente al maltrato emocional a los hijos de sus propios afiliados? ¿Qué se negoció? ¿Qué se acordó bajo la mesa? Las preguntas flotan en los pasillos de la DDC Cusco y nadie parece dispuesto a responderlas. El comportamiento de Pajares no es un hecho aislado.

Fuentes del sector recuerdan su trato hostil hacia comunidades campesinas, como la de Quillahuata, incidente que habría contribuido a la suspensión de una visita presidencial. Un funcionario que no conoce la realidad local, que no escucha y que confunde autoridad con prepotencia, termina siendo un problema más que una solución.

En su memorando final, Pajares pide “comprensión y apoyo en procura del entendimiento de los menores”. La frase parece escrita desde una oficina climatizada, lejos de la realidad. ¿Cómo se le explica a un niño que la Navidad se canceló porque alguien no hizo bien su trabajo? ¿Cómo se traduce un decreto de urgencia en lágrimas infantiles? El verdadero problema es que nadie asume responsabilidades. El director sigue en el cargo.

El sindicato calla. El Ministerio de Cultura, encabezado por Alfredo Luna Briceño, guarda distancia. ¿Se puede sostener a un funcionario que engaña a sus trabajadores y afecta directamente a sus familias? ¿Cuántas promesas incumplidas más necesita Cusco para reaccionar? En una empresa privada, este episodio habría tenido consecuencias inmediatas.

Aquí, en cambio, se normaliza el despropósito. Diego Pajares no solo suspendió un agasajo. Suspendió la confianza. Suspendió la credibilidad institucional. Se convirtió, sin proponérselo —o quizá sí—, en el Grinch de la Navidad cusqueña. Y en una ciudad donde la memoria es larga y la dignidad no se archiva en memorandos, ese es un título difícil de borrar.

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