El sillón provincial del Cusco está en juego. El próximo 4 de octubre de 2026, más de un millón de electores de nuestra región acudirán a las urnas para elegir a las autoridades municipales y regionales que gobernarán el periodo 2027-2030. Sin embargo, a pocas semanas de este crucial proceso electoral y tras la reciente firma del Pacto Ético Electoral, el panorama que se presenta ante los ojos de la ciudadanía es más de lo mismo: un tablero político sobrepoblado, fragmentado y ensombrecido por alarmantes cuestionamientos éticos y judiciales.
La lista para la alcaldía provincial es una variopinta pasarela de 13 candidatos donde abundan rostros conocidos, eternos postulantes y autoridades distritales vigentes que pretenden dar el salto al municipio mayor. El gran problema de esta sobreoferta no es la pluralidad democrática, sino la absoluta falta de filtros institucionales. Mientras los aspirantes saturan las calles con propaganda y discursos grandilocuentes sobre seguridad ciudadana, ordenamiento del transporte y desarrollo urbano, las recientes revelaciones periodísticas e informes de control nos devuelven a una realidad desoladora.
Las denominadas «red flags» o alertas electorales ensucian la campaña. ¿Cómo podemos confiar en candidatos a la alcaldía provincial o distrital bajo sospecha? Tenemos desde investigaciones fiscales vigentes por extrañas desapariciones de bienes incautados dentro de depósitos municipales, hasta postulantes que arrastran lapidarios informes de la Contraloría General de la República por presuntas irregularidades en adendas y exgerentes denuncia
dos penalmente por negociación incompatible. La historia de siempre: la política local como un escudo judicial o un trampolín de intereses personales, en lugar de un espacio de servicio.
El elector cusqueño se encuentra atrapado en una paradoja. Por un lado, padece el colapso diario del tráfico de la ciudad, la inseguridad en los barrios periféricos y la ineficiencia en el gasto de obras públicas. Por el otro, la oferta electoral ofrece soluciones mágicas firmadas por los mismos caudillos responsables del estancamiento actual. Votar no puede seguir siendo un acto de resignación o un juego de azar. El Cusco histórico y milenario no merece ser gobernado por la improvisación ni por el beneficio de las dudosas camarillas de campaña. Nos quedan pocas semanas para analizar las hojas de vida, contrastar las propuestas y, sobre todo, castigar con el voto a quienes ven en nuestra comuna un botín y no una responsabilidad histórica. El futuro de nuestra ciudad está en nuestras manos, no en sus promesas.






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