A escasos días de que más de 1.1 millones de cusqueños acudan a las urnas este 4 de octubre, el panorama político de nuestra región no genera entusiasmo, sino una profunda e incómoda incertidumbre. Las Elecciones Regionales y Municipales 2026 nos encuentran fragmentados, sumergidos en un mar de candidaturas —doce opciones solo para el Gobierno Regional— donde abundan las promesas de tribuna y escasean los planes técnicos viables. El reciente debate electoral organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) no fue la luz al final del túnel que esperábamos; por el contrario, desnudó la alarmante falta de preparación de quienes pretenden conducir el destino de la región históricamente más importante del sur del país.
El Cusco arrastra problemas estructurales que no admiten más improvisación. Hablamos de una alarmante desnutrición infantil, de la falta de acceso a agua potable en nuestras provincias altas y de la urgente reactivación de proyectos mineros e infraestructuras paralizadas por la ineficiencia estatal. Sin embargo, la campaña se ha centrado en el ataque personal, el clientelismo y la demagogia de manual. Mientras figuras conocidas de la política nacional e izquierda local intentan capitalizar el voto descontento arrastrando viejos pasivos políticos, nuevas agrupaciones se presentan como la «salvación» cobijando en sus listas a candidatos que, a nivel nacional, engrosan las preocupantes cifras de postulantes con sentencias penales vigentes o procesos abiertos.
El drama de nuestra región no es la falta de recursos, sino la histórica carencia de gerencia pública y de integridad en sus líderes. El elector cusqueño se debate hoy entre la resignación del «mal menor» o el peligroso salto al vacío del extremismo. Votar no puede seguir siendo un acto de fe ciega ni un desahogo de rabia contenida. Este domingo nos jugamos el presupuesto de los próximos cuatro años, la salud de nuestros hijos y la estabilidad de nuestros hogares. Es hora de exigir un compromiso real con la honestidad. El Cusco ya no resiste otra gestión perdida en escándalos de corrupción; merece gobernantes a la altura de su historia.






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