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La paradoja del oro líquido: Cusco entre promesas de asfalto y la urgencia de la sed

Cusco asiste una vez más al gran teatro de las promesas de campaña, con miras a las Elecciones Regionales y Municipales de 2026. Mientras los candidatos saturan las avenidas de la Ciudad Imperial con pancartas vistosas, debates radiales y discursos grandilocuentes sobre infraestructura millonaria, la cruda realidad del cambio climático y la ineficiencia burocrática nos golpea donde más duele: en el suministro de agua potable y el abandono de nuestro sector rural.

La paradoja salta a la vista y es imposible de ignorar. Por un lado, se anuncian con bombos y platillos proyectos de saneamiento histórico a largo plazo que superan los mil millones de soles; por el otro, la actual declaratoria de emergencia por déficit hídrico mantiene en vilo a los 116 distritos de nuestra región. En pleno septiembre de 2026, mientras el sol de la temporada seca calienta las piedras incas de la Plaza de Armas, más del 70% de la superficie agrícola del Cusco sigue dependiendo exclusivamente de la memoria del cielo —es decir, de las lluvias— para subsistir. Es insostenible que la despensa que alimenta a nuestras familias continúe sometida a una ruleta climática por la falta de represas, sistemas de riego tecnificado y una verdadera siembra y cosecha de agua.

Esta vulnerabilidad no solo asfixia a nuestros campesinos y comunidades, sino que ya muestra sus primeras fisuras en la gallina de los huevos de oro de nuestra economía local: el turismo. Las recientes y lamentables denuncias de visitantes extranjeros y nacionales por la falta de agua en los servicios higiénicos del mismísimo acceso al parque arqueológico de Machu Picchu son una llamada de atención internacional que debiera avergonzar a las autoridades. No podemos aspirar a recuperar los niveles de competitividad prepandemia, ni a garantizar una reactivación económica sólida si no somos capaces de asegurar los servicios sanitarios más elementales en la joya de nuestra corona patrimonial.

La raíz del problema, sin embargo, no es la falta de dinero, sino la endémica incapacidad de gestión que arrastramos. El síntoma más alarmante de esta crisis de inversión es la existencia de casi 1,800 proyectos en la región que ostentan una ejecución presupuestal de cero soles. El dinero duerme el sueño de los justos en las cuentas bancarias del Estado debido a la ineficiencia administrativa, la falta de expedientes técnicos serios y las constantes «red flags» o cuestionamientos éticos que salpican a nuestras principales figuras políticas locales.

Como ciudadanos de esta milenaria provincia, nos corresponde este año ser sumamente agudos y fiscalizadores. No podemos permitir que el debate municipal y regional de 2026 se quede en la superficialidad de promesas populistas de cemento y asfalto. Exijamos planes de gobierno que detallen con precisión técnica cómo se mitigará el riesgo de sequías, cómo se modernizarán las redes de Sedacusco para frenar el desperdicio y de qué manera se protegerá la seguridad alimentaria de nuestras provincias altoandinas. El Cusco tiene sed, no solo de agua pura para sus hogares y campos, sino de una clase política transparente y con la madurez suficiente para ejecutar el presupuesto en favor de las necesidades más urgentes de su pueblo. El voto consciente es nuestra única herramienta para cerrar la brecha entre la opulencia de los discursos y la alarmante escasez de los grifos.

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