A solo horas de que se abran las mesas de votación este domingo 4 de octubre, Cusco vuelve a sumergirse en un ritual democrático tan predecible como preocupante. Las avenidas principales de la Ciudad Imperial y las capitales de nuestras provincias lucen abarrotadas de paneles, pintas y rostros sonrientes que prometen, una vez más, el fin de todas nuestras crisis. Sin embargo, detrás de este carnaval de propaganda para las Elecciones Regionales y Municipales 2026, se esconde una realidad ineludible: la alarmante fragmentación de nuestra representación política.
La oferta electoral para el Gobierno Regional del Cusco es amplia, rozando las 12 agrupaciones políticas inscritas. No obstante, como bien dictan los principios del periodismo analítico, la cantidad jamás debe confundirse con la calidad. En esta contienda, donde figuras conocidas como Verónika Mendoza (Alianza Electoral Venceremos), Edy Cuéllar (Progresemos), Iván Aparicio (PRIN) y Luis Aragón (Acción Popular) se disputan el sillón regional, lo que predomina no es el debate ideológico alturado, sino una preocupante falta de propuestas técnicas concretas. Mientras nuestra región enfrenta desafíos urgentes como la resiliencia climática, el desabastecimiento de agua segura y la amenaza silenciosa de la minería ilegal, los planes de gobierno se limitan a generalidades o, peor aún, a omitir estrategias reales contra los problemas que asfixian a las comunidades rurales.
Esta dispersión del voto es el síntoma directo de un sistema de partidos atomizado. La desaparición o debilitamiento de los movimientos puramente regionales ha forzado a los liderazgos locales a mimetizarse dentro de vientres de alquiler de alcance nacional, diluyendo la verdadera agenda cusqueña. El ciudadano asiste a las urnas no para respaldar un proyecto institucional a largo plazo, sino para ensayar un voto de simpatía individual o, en el peor de los casos, para aplicar el pragmatismo del «mal menor». Para colmo, las recientes alertas sobre el quebrantamiento de la neutralidad electoral por parte de funcionarios vigentes ensucian un proceso que debiera ser transparente e impecable.
El gran peligro de esta fragmentación es que quien asuma las riendas del Cusco a partir de 2027 lo hará con una legitimidad severamente recortada. Ganar una elección regional sin superar de forma holgada el mínimo legal del 30% augura un gobierno débil, propenso al chantaje político y divorciado de un Consejo Regional fragmentado. Más de 38 mil jóvenes cusqueños votarán por primera vez en estos comicios; ¿qué mensaje les estamos dejando? ¿El de una democracia vibrante o el de una simple repartija de poder?
Cusco no puede permitirse otros cuatro años de improvisación, puyazos de última hora en debates y promesas de asfalto sin sustento hídrico. El voto de este domingo no debe ser un cheque en blanco guiado por el resentimiento o la apatía. Es hora de que el electorado cusqueño castigue la demagogia en las urnas y exija reformas profundas. Si aspiramos a recuperar el rumbo de nuestra capital histórica, el primer paso es ejercer un sufragio consciente, fiscalizador y con memoria institucional. Mañana, cuando los resultados oficiales se consoliden, ya no habrá lugar para el lamento.





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