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El rugido del fuego y el eco de nuestra indiferencia

Cusco arde en cenizas. Al día de hoy, nuestra región registra la alarmante cifra de más de 280 incendios forestales en lo que va del año, un azote ecológico y humano que ya ha cobrado la vida de cinco compatriotas y ha devastado más de 16 mil hectáreas de cobertura natural. Mientras el humo empaña el cielo de nuestro Valle Sagrado, la provincia de Urubamba y las áreas de amortiguamiento del santuario histórico de Machu Picchu, los cusqueños asistimos, entre la indignación y el dolor, a una tragedia recurrente que desnuda la total precariedad de nuestras políticas de prevención y la alarmante desidia ciudadana.

Las cifras proporcionadas por el Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER) Cusco no son solo estadísticas frías; son el grito desesperado de una tierra que se consume. Detrás de cada hectárea reducida a cenizas hay pastizales devorados, fauna silvestre calcinada, economías familiares rurales en la ruina absoluta y vidas humanas truncadas, principalmente de adultos mayores que, en un intento desesperado por defender sus parcelas o por persistir en la mal llamada «limpieza de terrenos», terminan atrapados por el fuego.

¿Hasta cuándo seguiremos justificando estas catástrofes bajo el rótulo de «accidentes de la naturaleza»? Atribuir esta emergencia únicamente a los fuertes vientos, al clima seco o a las altas temperaturas es un acto de cobardía política e institucional. La cruda realidad indica que la inmensa mayoría de estos siniestros son provocados por la mano del hombre. La persistencia en las quemas agrícolas irresponsables, arraigadas en una tradición mal gestionada, se choca de frente con un cambio climático feroz que convierte cualquier chispa en un infierno incontrolable.

Por otro lado, la capacidad de respuesta del Estado sigue siendo vergonzosa. Es inadmisible que extensas provincias como Chumbivilcas sufran emergencias activas y sus ciudadanos tengan que combatir el fuego con ramas y baldes de agua porque no existe una sola compañía de bomberos en toda la jurisdicción. Depender eternamente de que las condiciones climáticas den una tregua o de que la Fuerza Aérea envíe apoyo desde Lima cuando el daño ya es irreparable, demuestra que para las autoridades regionales la gestión de riesgos es solo un saludo a la bandera.

Cusco es el epicentro de la biodiversidad y el rostro cultural del Perú ante el mundo. Dejar que sus montañas se conviertan en cementerios de ceniza es dilapidar nuestro propio futuro. Se necesitan con urgencia fiscalizaciones severas y sanciones penales efectivas para quienes inicien fuego de manera irresponsable, pero sobre todo, una verdadera inversión en infraestructura de rescate descentralizada y educación ambiental comunitaria. No podemos seguir mirando hacia el horizonte esperando ver de dónde vendrá la próxima columna de humo. El Cusco no necesita más discursos ni promesas de campaña; necesita agua, brigadas equipadas y una ciudadanía que entienda, de una vez por todas, que quemar la tierra es quemarnos a nosotros mismos.

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