Nuestra entrañable Ciudad Imperial, ombligo del mundo y eterno orgullo de la peruanidad, atraviesa hoy una de sus encrucijadas más silenciosas pero devastadoras: la alarmante deficiencia en la gestión de sus residuos sólidos y el colapso del transporte en los nudos turísticos clave. Mientras el Gobierno Regional del Cusco celebra con bombos y platillos la futura conectividad aérea directa que nos unirá con São Paulo, la cruda realidad en nuestras calles, plazas y distritos aledaños nos obliga a hacernos una pregunta urgente: ¿estamos realmente preparados para sostener el destino de clase mundial que le vendemos al planeta?
La postal idílica del Cusco se desmorona cuando se observan datos escalofriantes. Según reportes del Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA), un destino tan emblemático como Machu Picchu genera unas tres toneladas de basura y miles de litros de aguas residuales al día. A nivel macro, la situación regional es insostenible: apenas el 5% de los residuos generados en nuestra región recibe un tratamiento adecuado. El resto de los desechos termina en ríos, chacras o en el colapsado e histórico botadero de Haquira, en el distrito de Santiago, un pasivo ambiental que carece de las condiciones mínimas exigidas por la salud pública. Cúmulos de basura en las calles ya no son raros en festividades ni en distritos periféricos, dañando la salud, la imagen urbana y contaminando nuestros suelos.
A este escenario de descuido ambiental se suma el caos del transporte en las arterias vitales del turismo. El caso de Ollantaytambo, puerta de entrada ferroviaria hacia nuestra joya incaica, es el ejemplo perfecto de una alarmante falta de planificación. El cierre de vías principales y el desvío vehicular hacia accesos inferiores sin la infraestructura idónea han transformado tramos que antes tomaban siete minutos en calvarios y suplicios diarios que superan las dos horas de retraso en horas punta. Esto no solo arruina la experiencia de miles de visitantes extranjeros y nacionales, sino que asfixia el día a día de los propios cusqueños.
El problema no radica en la falta de atractivos o de presupuesto, sino en la ineficiencia crónica y el desinterés de las gestiones municipales y regionales por resolver las necesidades más básicas. Es contradictorio apostar por proyectos de gran envergadura internacional si las autoridades locales son incapaces de articular un sistema eficiente de recojo de basura, fiscalizar el ordenamiento de los transportistas o educar al ciudadano en una cultura de tributación y limpieza urbana.
El Cusco no puede seguir viviendo del «espejismo» de su inercia histórica y arqueológica. Se requiere con urgencia una autoridad autónoma integrada y un plan severo de contingencia y fiscalización vial. Si no cuidamos la casa desde adentro, si no limpiamos nuestras calles y ordenamos nuestro tránsito, el turismo —nuestro principal motor económico— no se detendrá por la falta de visitantes, sino por el rechazo de quienes se cansen de encontrar desorden en el lugar sagrado de los Incas. Es momento de reaccionar; nuestras autoridades tienen la palabra, y los ciudadanos, el deber de exigirla.





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