El Cusco tiene paciencia de piedra, pero hasta el granito de Sacsayhuamán se quiebra ante la indolencia. Esta semana, el arribo del Ministro de Salud al Cusco —acompañado de comisiones técnicas de Lima— para una nueva mesa de diálogo sobre el Hospital Antonio Lorena ha vuelto a destapar la herida más profunda de nuestra infraestructura pública. El mensaje de la cartera ministerial ha sido contundente: no se aceptará una sola postergación más por discrepancias presupuestales o de adeudos. Sin embargo, para el ciudadano de a pie que madruga bajo las heladas andinas buscando atención médica, estas palabras suenan a un eco repetitivo, a una partitura ensayada tras más de una década de promesas incumplidas, adendas y arbitrajes.
El «Lorena» ya no es solo una obra paralizada; es el monumento vivo a la ineficiencia burocrática y a la corrupción que ha desfilado por sucesivas gestiones regionales y nacionales. Mientras las autoridades de los tres niveles de gobierno se enredan en arbitrajes contractuales y liquidaciones técnicas, el actual nosocomio de contingencia opera al límite, desbordado por una demanda que crece exponencialmente en las trece provincias de la región. No hablamos de un retraso de asfalto o de una plaza pública; hablamos del lugar donde se decide la vida y la muerte de las poblaciones más vulnerables del Cusco.
Es irónico que en una región que produce millones en divisas gracias al turismo y el canon minero, se normalice que un proyecto de salud de alta complejidad tarde más en construirse que el propio imperio que nos precede. Las mesas de diálogo son útiles solo si se traducen en la colocación del último ladrillo y en el equipamiento real de las salas de operaciones. La paciencia de la Ciudad Imperial se agotó hace mucho. El Gobernador Regional, Werner Salcedo, y el alcalde Luis Pantoja deben liderar una postura firme y fiscalizadora: el Lorena no puede seguir siendo el botín de las constructoras ni la eterna promesa de campaña de ministros pasajeros.
La salud del Cusco no se negocia en despachos limeños a paso de tortuga. Si el Ejecutivo central pretende reconciliarse con una región históricamente postergada, la entrega inmediata, transparente y totalmente operativa del Hospital Antonio Lorena es el único camino. De lo contrario, cada día de retraso no se contará en folios de informes técnicos, sino en las vidas que se apagan esperando una atención digna que las autoridades, por pura incapacidad administrativa, les siguen negando.





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