Editorial
Las cuentas públicas peruanas exhiben este año un semblante más sereno, con cifras que invitan a un optimismo mesurado. El Banco Central de Reserva (BCR) indicó que el déficit fiscal acumulado en doce meses hasta agosto se ubicó en 1% del producto bruto interno (PBI), una mejora sustancial frente al 2,2% con el que cerró 2025.
Perú tiene actualmente la oportunidad de demostrar que disciplina y ambición no se excluyen. Aprovecharla depende de gastar eficientemente con metas claras, no solo de destinar menos recursos.
Scotiabank proyecta que el año terminará en torno a 1,7%, por debajo de la meta oficial de 1,8%, lo que supondría cumplirla por segundo año consecutivo.
Conviene detenerse en el origen de esta mejoría, porque de él depende su solidez. Los ingresos corrientes del Gobierno general sumaron 180.851 millones de soles entre enero y agosto, un 16,8% más que en igual periodo de 2025.
Los ingresos tributarios crecieron 18%, empujados por mayores pagos de las mineras, por una demanda interna que se refleja en el impuesto general a las ventas (IGV) y el impuesto selectivo al consumo (ISC), y por los aportes de las apuestas deportivas y servicios digitales. Los no tributarios avanzaron 12,6%, con regalías mineras que se duplicaron al compás de los precios internacionales de los metales.
El cobre, en particular, vive un momento singular: la transición energética, los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial y las restricciones de oferta global sostienen su cotización.
Sumemos la mejora de expectativas de empresas y consumidores, y tendremos un panorama en el que el dinamismo tributario podría prolongarse. Esa combinación, poco frecuente, merece aprovecharse con visión de largo plazo.
Sería injusto, sin embargo, atribuirlo todo a la fortuna externa. El gasto no financiero del Gobierno general llegó a 159.824 millones de soles, 7,9% más, con una expansión menor a la prevista, sobre todo por la menor inversión pública del Gobierno nacional. Ahí reside, a la vez, el mérito y la tarea pendiente. Contener el gasto ordena las cuentas; rezagar la inversión, en cambio, posterga obras que el país necesita.
El segundo semestre ofrecerá la prueba. El gasto es estacionalmente más alto entre julio y diciembre, y el Gobierno solicitará al Congreso un crédito suplementario de 8.000 millones de soles para seguridad y prevención frente al fenómeno El Niño.
Ambos destinos son razonables: prevenir cuesta menos que reconstruir. Se anticipa, por ello, un aumento gradual del déficit en el último cuatrimestre, aunque sin comprometer la meta anual oficial. La lección es alentadora. Un fisco con holgura recauda más, cumple reglas y gana credibilidad ante quienes financian al país.
Pero la credibilidad se renueva cada año. Convertir la bonanza de los minerales en capacidad de ejecución, proyectos que salgan del papel, prevención que llegue antes de la lluvia y seguridad que se sienta en la calle es el paso que separa un buen balance de un buen desarrollo.
Perú tiene actualmente la oportunidad de demostrar que disciplina y ambición no se excluyen. Aprovecharla depende de gastar eficientemente con metas claras, no solo de destinar menos recursos.






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