lunes, abril 12, 2021
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¿QUIÉN GANÓ EL DEBATE? PUES, LA CORRUPCIÓN

Durante la semana pasada se realizó el tan esperado debate presidencial, bueno, quizá no tan esperado. Pero es necesario comentar algunos aspectos que me parecen importantes. Al parecer muchos de los candidatos no comprendieron que el objetivo de un debate es convencer a la oposición de que tienes razón, y en este caso convencer a la población que las ideas y planes que propones son ejecutables, financieramente viables y solucionan problemas que ayudan a mejorar la vida de los ciudadanos.

Por el lado positivo, Alberto Beingolea, Julio Guzmán y Verónica Mendoza hicieron la tarea demostrando preparación y manejo del formato del debate. Mención honrosa para Pedro Castillo, aunque sus propuestas van en contra de lo que los países que progresan hacen, supo exponerlas de manera clara y sencilla. Por el lado negativo, la inexplicable actitud de López Aliaga que me trasladó a las épocas de universidad donde nunca faltaba el alumno que recitaba al pie de la letra lo que decían sus apuntes, aunque no tuviera ni idea de lo que decía; y Hernando de Soto que cada vez que argumentaba recordaba la escena en la que Thanos desaparece a medio universo con solo chasquear los dedos.

Más allá de las valoraciones personales que tengamos sobre cada uno de los candidatos; desde mi perspectiva, y después de haber leído todos los planes de gobierno que compartió digitalmente el Jurado Nacional de Elecciones; Beingolea, Guzmán y De Soto (no necesariamente en ese orden) presentan estrategias que considero se ajustan a lo que el país necesita en la actualidad (necesidades que comenté en los artículos que publiqué en este mismo diario el 1 y 22 de marzo).

Si observamos las encuestas publicadas por los medios, pareciera que los peruanos nos hemos estacionado en el centro del espectro político aunque dispuestos a movernos con mayor facilidad hacia la derecha que a la izquierda, quizá por ello Verónica Mendoza tiene un discurso mucho menos radical que en elecciones anteriores y hasta aceptando que el presidente venezolano  es un dictador y corrupto, pero que a mi criterio hace que su candidatura se vea como una incógnita, porque no puede generar la confianza necesaria en la mayoría de la clase media, la cual necesita para ganar; a las personas no les gusta los cambios radicales y menos cuando tienen otras opciones menos riesgosas, y nosotros la tenemos.

Después del debate muchos han empezado a minimizar su importancia, sobre todo los que lo hicieron mal, lo cual me parece un grave error. Era la oportunidad para enganchar a los votantes con duda, o hacer cambiar de opinión a los que no elegirían a nadie, o al menos demostrar el grado de compromiso que tienen con su aspiración; y para ello, dos aspectos son esenciales, la capacidad de argumentación y el carisma, aspectos que fueron olvidados por unos más que otros. Los moderadores centraron muchas de sus preguntas en dos aspectos que son importantes para el peruano de hoy, la lucha contra la corrupción y la inseguridad ciudadana.

Por cuestiones de eficiencia voy a enfocarme solo en un aspecto que me parece determinante para el país en su bicentenario y sobre el cual los candidatos, lamentablemente argumentaron muy poco: la lucha contra la corrupción. Según un estudio de la Asociación Civil Proética, los peruanos señalan que la inseguridad y la corrupción son los problemas más graves que aquejan al país actualmente, la sociedad viene ejerciendo gran presión sobre este problema. Durante los 3 días de debate, casi todos los candidatos coincidieron en que la “solución” era dotar de mayores recursos a la Contraloría y devolverle su capacidad sancionadora. Pero veamos el problema de manera estratégica. Según la data del Ministerio de Economía y Finanzas, la Contraloría pasó de tener un presupuesto de alrededor de 227 millones de soles el 2010 a 827 millones de soles durante el 2020. Sin embargo, según el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional pasamos del puesto 87 en el 2010 al puesto 94 en el 2020, hemos incrementado sustancialmente el presupuesto de la Contraloría, pero estamos peor en cuanto a corrupción.

Actualmente, la percepción de la ciudadanía sobre la Contraloría es que esta institución no hace su trabajo, no sirve para nada o en el peor de los casos, es parte del sistema de corrupción; sin embargo, esta percepción ciudadana puede ser en parte el resultado del incansable trabajo de los dos últimos contralores generales, que asumieron ser los abanderados de esta lucha y que en nombre de la institución ocupan una responsabilidad para la cual constitucionalmente no fue creada, que es la lucha contra la corrupción, un problema que no puede ser atendido por la Contraloría únicamente, porque no tiene diseñado los procesos ni la capacidad técnica para hacerle frente.

El resultado es que se viene destruyendo el valor público e institucional argumentando que son los llamados a luchar contra este problema. Aunque quizá sea la excusa perfecta para pedir cada vez más presupuesto con un mínimo de riesgo posible, ya que, dadas las circunstancias, ningún gobernante se atrevería a cuestionar los resultados de la Contraloría porque sería acusado públicamente de subvertir los esfuerzos por derrotar este flagelo, aunque objetivamente no se  perciban los resultados de esta entidad y sus beneficios para el país.

La corrupción tiene que verse como subsistemas paralelos que socavan los fundamentos de los sistemas oficiales y como cualquier sistema que necesita ser corregido o eliminado primero tiene que pasar por un diagnóstico completo. La mejor manera de luchar contra la corrupción es entendiendo como funcionan esos sistemas paralelos para luego desarticularlos, no basta con revisar incesantemente las compras del estado o verificar al detalle la ejecución de obras públicas. La Contraloría en sí misma está lejos de tener la capacidad de desarticular los procesos de corrupción, no por las personas sino por el diseño de sus procesos que no están pensados para atacar el problema así como el marco normativo que lo envuelve. Luchar contra la corrupción requiere de coordinación nacional, no solo a nivel de las instituciones del estado sino también de la participación del sector privado, si no tiene a ambos del mismo lado de la ecuación, seguiremos perdiendo la batalla. Las empresas son menos proclives a pagar coimas si es más fácil cumplir con las normas de regulación.

Lo vivido durante la pandemia nos ha demostrado que la corrupción mata, ha destruido los servicios sociales y la justicia en nuestro país, si seguimos así la próxima en verse derrotada será la economía, no hay país en el mundo que haya logrado ser desarrollado y que tenga una alta percepción de corrupción en su sociedad, pero ese es un trabajo que involucra a muchas instituciones y requiere la voluntad política del próximo presidente o presidenta, necesitamos crear institucionalidad, quizá los próximos 5 años sean nuestra última chance.

Oscar Gaona, autor: peruano, MBA por el INCAE Business School, con estudios en Rochester Institute of Technology y Harvard BSO, Administración de empresas en la Universidad Andina del Cusco. CEO y fundador de MINDSET, empresa dedicada a consultorías en estrategia e innovación con sede en Panamá.

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LinkedIn: Oscar Gaona, autor

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