Necesidad de concordia

Por: Víctor Corcoba Herrero

El mundo tiene necesidad de concordia, que es lo que nos hace realmente crecer humanamente, mien­tras que si sembramos discordia, nos destruimos a noso­tros mismos. O sea, como dice la sabiduría popular, vive y deja vivir. Tal vez sea el primer paso para el sosiego, caminar hacia adelante siempre, y en ese andar, hacerlo en remanso y donándose, pues hasta el agua estancada es la primera que se corrompe. Por ello, es necesario un cambio de atmosferas interiores en cada uno de los moradores de las diversas culturas, si en verdad que­remos un planeta feliz para poder marchar gozosos y confluir armónicamente. El afán consumista nos lleva a esa ansiedad de querer acapararlo todo, y a no disfrutar de lo que justamente nos trasciende, como puede ser disfrutar de la naturaleza o compartir los domingos con la familia. Quizás tengamos, en consecuencia, que repa­rar la siembra de oscuridades y apelar a otros lenguajes más del alma que del cuerpo; no en vano, la mayor fuen­te de sufrimiento es la enfermedad mental. Es público y notorio que la prevalencia de los trastornos mentales continúa aumentando, como indican los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), causan­do efectos considerables en la fortaleza de las personas y graves consecuencias a nivel socioeconómico y en el ámbito de los derechos humanos en todos los países.

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Sin duda, el ser humano necesita estar a gusto consigo mismo, respetando al que piensa distinto. Lo fundamen­tal radica en cobijar espacios amplios donde todos ten­gamos cabida. Lo negativo hay que olvidarlo siempre, más pronto que tarde. Y en este sentido, el trabajo tam­bién es un factor importante que afecta a la realización de la persona. A los jóvenes hay que ayudarles a conse­guir empleo. Si faltan oportunidades pueden caer en la droga. Hemos de reconocer, por tanto, que este galopan­te desempleo que sufren algunos países, junto a los per­sistentes déficits de empleos decentes, francamente nos deja sin aliento, totalmente decaídos y desilusionados, máxime cuando los informes de referencia de la Orga­nización Internacional del Trabajo (OIT) muestran unos niveles verdaderamente escandalosos en muchas regio­nes del mundo. Menos mal que nos esperanza un poco que, en 2015, las Naciones Unidas lanzaran los dieci­siete Objetivos de Desarrollo Sostenible. Desde luego, la labor es meritoria, pretenden poner fin a la pobreza, reducir la desigualdad y proteger nuestro planeta, tres aspectos primordiales que contribuyen a garantizar, tan­to el bienestar de todos, como la placidez de uno mismo.

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Lo que en realidad nos da paz, no es tanto el crecimiento económico y el aumento de ingresos, sino el sentirnos arropados y queridos unos por otros; de ahí, la nece­sidad de una mayor concordia entre todos, para poder de desterrar, de nuestro próximo futuro, cualquier aire discriminatorio o de exclusión social. En efecto, los mis­mos gobiernos han de comenzar a repensar en la crea­ción de entornos propicios para mejorar la satisfacción de las personas. A mi juicio, será fundamental que se armonicen acuerdos y se prioricen planes de políticas públicas encaminadas a mejorar la calidad de vida de todos individuos. Con buen criterio, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) considera que la inclusión social, la equidad, el trabajo y la educación son especialmente importantes para esa dicha que todos nos merecemos. Por desgracia, estamos viviendo en una época de mu­chas contiendas. Al respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha vuelto a pedir que cesen los ataques contra hospitales y personal médico y que permitan el acceso a las poblaciones sitiadas. Solo en lo que va de año, ha habido sesenta y siete ataques contra centros médicos. Son más que la mitad de todos los que hubo en 2017. Qué pena y cuánto dolor desparramado inútil­mente. Algo de veras estúpido. Cuesta entenderlo. Ojalá aprendiéramos de nuestra propia historia humana. Otro amanecer tendríamos.

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