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Refugiados y envidia en el Perú

Por: Miguel Flores Galindo Rivera

Las situaciones de crisis en algunos países ve­cinos y en el mundo han convertido al Perú en un país atractivo para las migraciones y la búsqueda de asilo. El número de refugiados ha crecido exponencialmente en los últimos años. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, hemos pasado de 392 refugiados en el 2015 a 4,392 en el 2016.

De acuerdo con la Convención de Ginebra, un refugiado es una persona que a causa de temores racionales no puede acogerse a la protección de su país y busca refu­gio en otro. Se trata de personas que no viajan por su deseo, sino que se vieron forzadas a hacerlo de improvi­so por situaciones extremas.

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La acogida que el Perú da a estas personas ha generado las más variadas reacciones por parte de la ciudadanía. Algunos se manifiestan con fuerza en contra de los mi­grantes. Entre ellos los que, abiertamente xenofóbicos, reclaman que no debería dárseles facilidad alguna. Pero también los que, luego de afirmar no ser xenofóbicos, exponen razones por las que debería limitarse sus opor­tunidades, argumentando que nuestros compatriotas no tienen dichas oportunidades. En ambos casos llegan por diferentes caminos a las mismas conclusiones.

Melanie Klein, destacada psicoanalista, escribió sobre la envidia en 1957. Propuso que el sentimiento de envidia es destructivo y que aparece en la primera etapa de nuestras vidas. La envidia no trata de obtener lo envi­diado, sino que intenta destruir el objeto de la envidia. Se expresa en: “Si no lo tengo yo que no lo tenga nadie”.

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La xenofobia en nuestro país se estructura como la en­vidia de Klein. El reclamo, guiado por la envida, es que no se les otorgue beneficio alguno. Destruir las oportu­nidades que tienen los migrantes. “Si no las tengo yo que no las tenga nadie”. Esta es una actitud destructiva. No propone construir derechos u oportunidades para los que las necesitan, sino que se limita a desear o tratar de destruir las posibilidades de un grupo específico como si con ello se hiciera algún tipo de justicia.

Siguiendo la línea de Melanie Klein, el ciudadano envi­dioso (ella habla de los pacientes) desvaloriza los bie­nes que se le pueden brindar. Así desprecia la capacidad del Estado y la sociedad civil para mejorar las condicio­nes para algunos mientras, paradójicamente, confía en la capacidad del Estado para limitar los derechos y las oportunidades de otros.

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Klein nos advierte que la envidia también nos hace daño. Ella plantea que debe ser superada, al menos en cierta medida, para que el sujeto pueda desarrollar saludable­mente el amor, la gratitud y la felicidad.

Un país con más gratitud y con menos envidia puede marchar junto con otros. No requiere limitar los dere­chos y oportunidades de otros para fortalecer y construir derechos y oportunidades para los que lo necesitan, sino que busca, creativamente, mayores oportunidades para los que aún están en necesidad.

* Director de la Escuela de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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