No existe dinero público, sólo hay dinero de los contribuyentes

Me encontraba facilitando algunos talleres de presupuesto participativo y buscaba ayudar a las municipalidades a distribuir lo poco de recursos financieros que les queda. Mientras atendía al debate sobre qué comunidad debía ser beneficiada con el dinero municipal, comencé a sentir que los asistentes tenían la certeza de estarse repartiendo un “algo” que debía estar allí, un algo en el que no habían tenido ninguna responsabilidad de haber producido, hasta que la armonía en tensión se rompió y uno de ellos exclamó: ¿por qué vamos a debatir qué comunidad es más importante?, los recursos públicos deben alcanzar para todos.

El problema que nos ha dejado muchos años de populismo es el sentimiento arraigado que tenemos todos los peruanos de que los recursos que tiene el estado provienen de algún lugar mágico. Es cierto que en situación de bonanza provienen del subsuelo, como el caso del canon minero o el gasífero, pero en la regularidad de los casos se originan en el esfuerzo del contribuyente, en el propio ciudadano.



El haber suspendido esta responsabilidad, es decir, la de financiar la existencia del estado, es la mayor deuda que estamos dejando a las generaciones futuras. Muchos argumentan que el caos en las ciudades peruanas se debe al débil cumplimento de las normas, y es cierto, pero específicamente de aquellas normas en las que la persona investida de derechos se priva de ser parte de la riqueza monetaria de los gobiernos. Y tan dentro está este comportamiento que se ha generado un permanente incentivo en nosotros para hacer lo que se nos da la gana. Pues veamos, si tengo que vivir en algún lado, comienzo a construir mi vivienda, ¿los impuestos?, qué me hablas, ¿por qué tengo que pagar?, este inmueble es fruto de mi esfuerzo, esfuerzo independiente al de la sociedad, es solo mío y nadie me ayudó a generar. Necesito un vehículo, pues todos tenemos el derecho de tenerlo, pero, ¿por qué tengo que pagar una cochera?, ¿acaso no puedo estacionar encima de las veredas?, además de haber gastado mis ahorros en esta “herramienta de trabajo” ¿debo seguir pagando al estado? si la municipalidad no me ha ayudado a tenerlo. Una vida en ciudad en la que el ciudadano está desconectado del sentimiento en el que asume que todo a su derredor es suyo y el dinero de su bolsillo es el que ayuda a producirlo, origina un permanente aliciente para obrar buscando un beneficio individual infinito y, claro, un mal comportamiento.

El doble círculo de revictimización del pobre está presente en todo este juego de desestructuración civil. Un ciudadano en pobreza será beneficiario de varios programas sociales, pero ojo, cuando tenga una casita tampoco se le ha de cobrar impuestos, recordemos, es pobre, por tanto deja de ser sujeto de desarrollo y se convierte en objeto de la política. Es un objeto por el que tenemos que decidir, además, no paga, no tributa, qué tiene que opinar, mejor dejémosle en ese estado de suspensión, que reciba y se calle.



En esta gran fiesta llamada vida en sociedad, todos aquellos que dejan de aportar para financiar el convite, dejan de ser invitados y se convierten en “zampones”. Y aunque parezca extraño, es más cómodo para la administración pública, porque un ciudadano que no paga, también será un ciudadano que no exige, será un ciudadano al que se podrá privar del derecho de recibir servicios públicos de calidad. Qué mejor para un servidor público el no tener que producir ser-vicios con estándares óptimos. Que hagan su colita nomas, que esperen nomas, se cayó el sistema. Ahora que los maestros luchan legítimamente por mejores condiciones salariales, debemos recordar que la redistribución de recursos hacia ellos proviene del dinero del contribuyente. Toda la maquinaria estatal está basada en nuestro esfuerzo. No hay dinero público, dinero que brota de manantes, que crece en los árboles, todo el dinero es de quien tributa, es nuestro, y tenemos la responsabilidad de orientarlo hacia fines que permitan más inclusión de peruanos a la vida en sociedad.

Igor Elorrieta Agramonte

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