Juguemos a ser cusqueños mientras el profe está mal.

Ese es nuestro Cusco, danza, es feliz, se felicita, una vez al año se vuelve inclusivo, intercultural; no permite que nadie se interponga en ese símbolo de peruanidad que, dícese, es el único que puede por­tar legítimamente. Del Cusco nació el inca, del Cus­co nacerá el nuevo peruano.

En su algarabía, platos típicos, comparsas y litros de alcohol se entremezclan para elaborar el potaje más suculento que nuestra cultura puede producir: la indolencia.

Mientras festejamos qué importancia tiene que uno de los integrantes de la familia esté mal, en la feli­cidad todos debemos ser felices, en la felicidad que­remos recordar a los profesores que no vengan a arruinar la única fecha del año en el que me puedo mostrar como cusqueño sin tener vergüenza.

Es que la identidad se suele expresar como ese pa­sado común, ese pasado que nos llena de melan­colía porque ya no está, ese pasado que nos llena de orgullo porque fuimos grandes, fuimos variados, expresivos; pero esa identidad melancólica no nos ayuda a construir futuro, proyecto común, horizonte de acuerdos, porque la educación, por ejemplo, es futuro, y el maestro su artífice.

Aquéllos que en aula tienen la responsabilidad de asegurar los valores identitarios del Cusco, de pre­servar junto con los niños el sentimiento de ser cusqueño, son negados por la propia identidad cus­queñista. Pasan por nuestras calles como herejes, se les ve como descolocados; llamen a la policía, algunos dicen, porque esta noche es mi noche, esta noche me disfrazo de cusqueño y no aguanto que un grupo de descastados quieran apropiarse de mi fiesta, si quieren reclamar que escojan otra fecha e inclusive yo les acompaño.

En las celebraciones por las fiestas del Cusco, ya que todos, no importando las rivalidades, solemos sentirnos, por única vez, del mismo bando; debi­mos incorporar el sentimiento de dignificación del maestro. Las fiestas del Cusco no volverán a ser las mismas, porque se convierten en el espacio para hacer sentir la voz de quienes quieren atención, de quienes quieren celebrar pero prefieren hacerse sentir en toda su importancia.

Un alto, no solo por la protesta de los maestros, un alto por la necesidad de incluir en el sentimiento del cusqueño el amor por lo nuestro, y lo nuestro no es solo el artefacto cultural, la danza, la vestimenta, el canto, el idioma; es también nuestro el compromiso con el futuro, por la trascendencia, por la fijación in­tertemporal de valores colectivos. La cultura política se desarrolla en estos eventos, si podemos ser ver­daderamente cusqueños sabremos distinguir quié­nes nos ayudan a trascender, y podremos incluirlos con total naturalidad en la celebración, así vamos a transmitir a las generaciones futuras que, aunque estamos festejando, no nos olvidamos de lo que es verdaderamente importante, que somos solidarios, que las danzas, los cantos, la comida nos ayudan a ser un solo cuerpo, un solo cuerpo en la alegría y en la adversidad. Viva el Cusco.